Viéndole tal como Él es…

La mayoría de las veces en las cuales nos detenemos a pensar en Jesús, desde su nacimiento, difícil y complicado, y del cual compartí con ustedes un capítulo el libro titulado : “Tú, Sígueme”, pasando por su vida y obra misionera, y llegando a su poderoso encuentro con la cruz del calvario en donde el poder de su sangre vino a rasgar el velo del templo, abriendo la oportunidad de redención y vida eterna para toda la humanidad, tratamos de ver su faceta más primaria y directa, es decir, su amor desinteresado, su misericordia extrema hacia los pobres, débiles y desamparados y nos regocijamos y alegramos con las buenas nuevas de salvación para nuestra alma.-

Sin embargo, por alguna razón tratamos de pasar por alto ciertos comentarios de Jesús que, en muchas oportunidades trajeron molestias, divisiones y por qué no decirlo, rencor hacia su persona. Aún hoy, sus palabras nos desnudan y nos confunden. No me equivoco al decir que, de no ser por su espíritu Santo, es muy probable que también nosotros hubiésemos querido tomar piedras en nuestras manos o tratar de despeñarle por las quebradas. Si esto le parece duro de entender, leamos el siguiente pasaje Bíblico, palabras del mismísimo Señor Jesús:

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Un camino a la conversión

“Cierto día, mientras Jesús predicaba en la orilla del mar de Galilea, grandes multitudes se abalanzaban sobre él para escuchar la palabra de Dios. Jesús notó dos barcas vacías en la orilla porque los pescadores las habían dejado mientras lavaban sus redes. Al subir a una de las barcas, Jesús le pidió a Simón, el dueño de la barca, que la empujara al agua. Luego se sentó en la barca y desde allí enseñaba a las multitudes. Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:

—Ahora ve a las aguas más profundas y echa tus redes para pescar.
—Maestro —respondió Simón—, hemos trabajado mucho durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero si tú lo dices, echaré las redes nuevamente.
Y esta vez las redes se llenaron de tantos peces ¡que comenzaron a romperse! Un grito de auxilio atrajo a los compañeros de la otra barca, y pronto las dos barcas estaban llenas de peces y a punto de hundirse. Cuando Simón Pedro se dio cuenta de lo que había sucedido, cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo:

—Señor, por favor, aléjate de mí, soy demasiado pecador para estar cerca de ti.
Pues estaba muy asombrado por la cantidad de peces que habían sacado, al igual que los otros que estaban con él. Sus compañeros, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, también estaban asombrados. Jesús respondió a Simón: «¡No tengas miedo! ¡De ahora en adelante, pescarás personas!». Y, en cuanto llegaron a tierra firme, dejaron todo y siguieron a Jesús.”

Lucas 5:1-11 Nueva Traducción Viviente (NTV)

¿Qué tan dispuestos estamos a cambiar? ¿Qué esfuerzo estamos dispuestos a hacer por esta conversión?
La vida del Apóstol Pedro, así como la de todos los discípulos de nuestro señor Jesucristo fueron sencillamente espectaculares y fascinantes, y mucho se ha hablado con respecto a ello. Sin embargo, en esta oportunidad he tomado el pasaje de su llamado, con el propósito de hacer notar la obediencia de este llamado, sin entender el compromiso. Solamente el llamado y la aceptación de este, puro y sincero. En aquel primer momento Pedro jamás imaginaría el alcance y la repercusión que tendría para las generaciones venideras el hecho de aceptar el llamado que Jesús le hacia, de ser pescador de hombres. Así como nosotros, Pedro tenía responsabilidades, en la biblia se nos muestra que tenía suegra, de hecho, uno de los asombrosos milagros de Jesucristo, fue la sanación de ésta mujer:

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