Profetas, evangelistas y mártires de Dios

Cuando Jesucristo les recrimina a los religiosos de su tiempo, el haber matado a todos los profetas de Dios, dejó al desnudo una verdad, que por todos lados y a todas luces, tanto los escribas como los fariseos, trataban de esconder. Tal vez ellos no mataron directamente a Juan el Bautista, sin embargo, el no apoyar al vocero del Señor, el resistir sus palabras de arrepentimiento y perdón, el no creer que era quien preparaba el camino del Señor, y el no dar ninguna señal de conmoción o empatía, con él, cuando fue encarcelado y asesinado, fue también un acto de asesinato indirecto, además de cobarde. Fue como verlo ahogándose en el río, a un metro de distancia, teniendo los salvavidas en sus manos.
Sí, ellos también mataron al profeta de Dios. Así como sus padres, y los padres de sus padres antes de ellos, dijo el Señor.
Los profetas, evangelistas y mártires de Dios, cada uno de ellos, tienen una cosa en común: Escuchan y obedecen SOLAMENTE A DIOS. No es mi deseo, en este libro, hacer una apología, con respecto a cada uno de ellos, sin embargo, es de vital importancia para todo súbdito de Dios, conocer los términos y definiciones, además de conocer cómo se interrelacionan los unos con los otros.

Los Profetas

La definición más básica para esta palabra es: “vocero o portavoz”, es también alguien que habla por inspiración divina, sin embargo, a mí me gusta la definición que mis pastores me enseñaron desde un principio: “Alguien que habla en lugar de otro”.
No existe para ellos, ninguna otra voz, a la cual puedan prestar oídos, y su tarea será siempre entregar el mensaje del Señor en cualquier momento, lugar y circunstancia a la cual Dios les ordene marchar. Ciertamente hubo profetas que trataron de hacer su propia voluntad (como Balaam), o tratar de escapar de las tareas que el Señor les encomendaba, (como Jonás), sin embargo, al leer sus historias, nos daremos cuenta que no les fue para nada bien.
Los profetas fueron, y son, aquellos que hablan en lugar de Dios. Son los emisarios encargados de revelar a los hombres su palabra en estado genérico (para un grupo, un pueblo, una nación, etc.), o específicamente (una palabra enviada a uno solo). Ahora bien, es necesario que entendamos algunas cosas acerca de los Profetas del Señor. Primero, Dios escoge como profeta a quien él quiere:

“Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.” (Marcos 1:2, Versión Reina Valera 1960)

Es de imperiosa necesidad estar muy atentos y oír con suma reverencia e importancia la voz de los profetas de Dios. En el pasaje de más abajo, Jesucristo, señala, a través de una historia, el grado de atención que se debe tener a los enviados de Dios.

“Abraham le dijo: “A Moisés y a los Profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!” 30 Él entonces dijo: “No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos va a ellos, se arrepentirán.” 31 Pero Abraham le dijo: “Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levante de los muertos.” (Lucas 16:29-31, Versión Reina Valera 1960)

Dios se mueve en medio de los Profetas, y a ellos les es revelada ciertas instrucciones, para dirigir a una persona o congregación.

“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.” (Amós 3:7, Versión Reina Valera 1960)

En el pueblo de Israel existieron escuelas de profetas:

“Y fue dado aviso a Saúl, diciendo: He aquí que David está en Naiot en Ramá. Entonces Saúl envió mensajeros para que trajeran a David, los cuales vieron una compañía de profetas que profetizaban, y a Samuel que estaba allí y los presidía. Y vino el Espíritu de Dios sobre los mensajeros de Saúl, y ellos también profetizaron.” (1 Samuel 19:19-20,Versión Reina Valera 1960)

El mismo nacimiento, vida y ministerio del Señor Jesucristo, y aún su muerte y victoria sobre ella, nos es revelada a través de los profetas de Dios: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7:14); Anunciaron su Propósito: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.” (Isaías 53:4); Anunciaron que sería rechazado: “Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; Se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué. ¿Y he de pagar lo que no robé?” (Salmos 69:4); Se anunció también su muerte, por crucifixión: “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.” (Zacarías 12:10).
Por último, debemos entender que en algún momento, las profecías acabarán, porque los profetas serán rescatados por Dios a los cielos, por haber cumplido con el propósito para el cual fueron enviados, esto es, “Hablar en lugar de la Boca de Jehová”:

“El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.” (1 Corintios 13:8-10, Versión Reina Valera 1960)

Los Evangelistas

Son los que, como dice su nombre, anuncian los evangelios (Las Buenas Noticias), de salvación, son los heraldos encargados de anunciar el Reino de Dios a los hombres. El Diccionario de la Real Academia, limita la palabra evangelista a los cuatro autores de los evangelios del Nuevo Testamento, estos son, Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sin embargo, el apóstol Pablo en una de sus epístolas a los efesios, señala que es Dios quien constituye evangelistas con propósitos específicos:

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,” (Efesios 4:11-12, Versión Reina Valera 1960)

Cuando Jesucristo les entrega la gran comisión, a sus discípulos, también les entrega inmediatamente una investidura de evangelistas:

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mateo 28:18-20, Versión Reina Valera 1960)

Si bien es cierto, el Señor constituye específicamente evangelistas, según lo consigna en efesios 4:11, también es totalmente cierto, que el mandato que nos fue dado una vez que aceptamos al Señor en nuestras vidas y comenzamos a oír y obedecer la voz de su palabra, tiene mucho que ver con cumplir la labor de evangelistas y proclamar la sabiduría de Dios en todo lugar:

“La sabiduría clama en las calles, Alza su voz en las plazas; Clama en los principales lugares de reunión; En las entradas de las puertas de la ciudad dice sus razones.” (Proverbios 1:20-21, Versión Reina Valera 1960)

La labor evangelística de los primeros discípulos del Señor, los llevó inmediatamente a cumplir este mandato, siendo enviados por el Espíritu de Dios, a los lugares que él les manifestaba, multiplicando exponencialmente el número de conocedores del evangelio, y el número de seguidores. Queda completamente claro, además, que esta labor de “Sembradores”, estaba específicamente señalada desde antes, en los propósitos del Señor, quien ya los había preparado y enviado en al menos dos oportunidades anteriores, cuando él aún estaba con ellos en la tierra, primero, cuando los envió de dos en dos, y luego, cuando los envió sin dinero ni alforja.
En este punto, podríamos decir que la diferencia entre profeta y evangelista no es demasiado grande, sin embargo, las diferencias existen. Primero, un evangelista entrega las buenas nuevas de Dios, basados en la palabra del Señor (logos). Un profeta también, pero además Dios puede encomendar al profeta una palabra específica para una persona o un tiempo determinado. Esto se denomina un Rema. A diferencia del logos (Palabra escrita), un Rema, es una palabra entregada en un momento en particular. Puede ser en un momento histórico, en un momento de dificultad, o incluso hablando de un momento que aún no se revela.

Los mártires de Dios

Hablar de los mártires de Dios, nos debe llevar inexorablemente a reevaluar nuestra vida cristiana, en todo sentido. Desde la palabra de Dios, que ha llegado a nuestras manos hoy en día intacta, tal como Jesucristo lo predijo, (ni una jota ni una tilde de menos), hasta contemplar la sangre y el sacrificio que han hecho, y siguen haciendo miles de hombres y mujeres alrededor del mundo. Es hablar de los profetas, aquellos que, con temor, no al hombre, sino que, al mismísimo creador, entregaron las palabras de sus labios, y sufrieron por esa razón, el escarnio y la opresión, lo que fue el pago recibido en este mundo, despreciados y aborrecidos por decir al mundo la verdad de sus pecados y de sus caminos.
Hablar de los mártires de Dios es hablar de Esteban, quien después de haber disertado con vehemencia la santidad y el perdón de Dios, y la excelencia del regalo de Dios para los hombres, murió apedreado en la acera, a manos de los mismos quienes esperaban a su Salvador, convirtiéndose en el primer mártir:

“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios. Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.” (Hechos 7:55-60, Versión Reina Valera 1960)

Hablar de los mártires de Dios, es hablar de Saulo de Tarso, perseguidor de la Iglesia del Señor, y ante quién pusieron las ropas ensangrentadas de Esteban, el primer mártir del cristianismo, y de cómo éste, se alegraba en su corazón, creyendo estar haciendo la voluntad de Dios. El mismo Saulo que años después de su conversión al Cristo de la gloria, y ser mudado su nombre a Pablo, exclamaba:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego.” (Romanos 1:16, Versión Reina Valera 1960)

El mismo apóstol Pablo, quien al final de sus días, antes de ser decapitado por cumplir la palabra del Señor, y luego de pasar persecuciones, flagelaciones, martirio y el desprecio de sus pares, exclamaba con gran gozo a sus hermanos de las Iglesias que había ayudado a fundar, y le daba ánimo y consejo a Timoteo, su discípulo amado, diciéndole:

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” (2 Timoteo 4:5-8, Versión Reina Valera 1960)

Hablar de los mártires de Dios, es hablar de aquellos anónimos siervos de Dios, que teniendo la mirada fija en la gloria, que tenían por delante, entregaron y siguen entregando obedientemente sus vidas, por la causa del evangelio, en lugares del mundo en los cuales está prohibido aún siquiera decir: “Jesucristo Salva”. Es hablar de Juan Huss, el ganso de bohemia, que luego de ser encarcelado ilegalmente, y de viciar su juicio con mentiras y blasfemias, lo quemaron vivo mientras cantaba Salmos, a quien le recibiría en la Gloria celestial. Es hablar de miles, y por qué no decirlo, decenas de miles de hombres y mujeres, que tras la mota infame de “Bruja”, o “Brujo”, la iglesia católico-romana se encargó de torturar hasta la muerte, para quedarse con sus bienes y riquezas durante los siglos de oscurantismo medieval.
Que podría decirte yo, querido amigo, de los mártires de Cristo. Si jamás he sufrido siquiera un azote, si jamás he pasado noches enteras en un calabozo, con hambre y sed desesperante, por decirle a otros la verdad de mi Cristo, si el único oprobio que sufro es que alguien se burle de mí, cada cierto tiempo, o me mire con desprecio, cuando me levanto del confort de mi silla o salgo de la comodidad de mi casa, para gritar a viva voz que Cristo sana, salva y es galardonador de vida eterna. Yo no podría hablarle a usted de los mártires de Jesús, pues eso no se lee en un libro. Eso se debe experimentar. Tal vez usted y yo, no seamos nunca llamados a derramar nuestra sangre y carne, por el Evangelio de Salvación eterna, pero recuerde que SIEMPRE deberíamos estar preparados, y ¿Quién sabe si algún día, el versículo a continuación, viene a ser perla de nuestra corona?

“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.” (Apocalipsis 7:9-10, Versión Reina Valera 1960)

Cristian E. Gallardo SM.

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