Relacionándonos con el mundo

“Cuando los maestros de la ley religiosa, que eran fariseos, lo vieron comer con los cobradores de impuestos y otros pecadores, preguntaron a los discípulos: «¿Por qué come con semejante escoria?»”

(Marcos 2:16, Nueva Traducción Viviente)

La respuesta que Jesús entrega a los fariseos en este pasaje, es simplemente maravillosa, personalmente es una de mis favoritas ya que, deja al descubierto, la necesidad de sanidad y restauración de todos aquellos que, enfermos, buscan cura para su cuerpo y alma. Además, por otra parte, deja en evidencia la hipocresía y falta de amor de aquellos que piensan que han venido al mundo solamente a ser servidos y jamás a servir. Los fariseos eran muy estrictos en cuanto a la ley y las tradiciones judías se trataba, de hecho, muchas veces las tradiciones eran casi o más importantes que la misma ley. En el sistema corrupto en el cual se movían los fariseos del tiempo de Jesús, no era de extrañar que trataran con desprecio a la gente que ellos consideraban de menor categoría, más a los publicanos, los cuales aún el mismo pueblo común odiaba, ya que, al ser contratados por el gobierno romano para hacer el trabajo de cobranza, ellos -los romanos- les ponían una tarifa de impuestos que le debían cobrar al pueblo. sin embargo, los cobradores, añadían aún más a este impuesto, con lo cual se quedaban con la diferencia. Así, la mayoría de los publicanos eran ricos, pero al mismo tiempo muy odiados por todos.

Ciertamente que las murmuraciones de la gente, alentadas por los fariseos, iban en aumento, y con esto la reputación de Jesucristo podría ir en desmedro de su ministerio, sin embargo, esto, a nuestro Señor no le preocupaba en absoluto, el solo hecho de sanar a un enfermo más, era recompensa suficiente. Más aún, cuando esta enfermedad no era del cuerpo, sino del alma.

¿Ha dejado usted alguna vez, de comunicarse, o involucrarse con alguien diferente a usted, o con otro oficio que a usted le parece de menor jerarquía, para que su reputación no se vea opacada?
¿De qué forma percibimos al drogadicto, al delincuente, al homosexual o la lesbiana?
¿Acaso ellos no están enfermos del alma también?

Usted y yo, también somos llamados a sanar a enfermos, juntamente con proclamar el año agradable del Señor. A sanar enfermos del cuerpo, y a sanar enfermos del alma. Si los enfermos no hacen caso del tratamiento que se les ha extendido, o si no se toman los medicamentos que el médico les ha prescrito, ciertamente empeorarán en su condición, hasta que simplemente morirán. Por el contrario, si han tomado una actitud receptiva con respecto a la gravedad de su condición, ciertamente tomará los medicamentos y seguirá al pie de la letra las indicaciones dadas por su médico, con el único afán de sanar y mejorar su condición de vida.

No sabemos demasiado, acerca de lo que Jesús habló durante la cena con este Publicano, lo que sí es claro es que estaba enfermo y Jesús llevó sanidad a su hogar. Este publicano era Leví, hijo de Alfeo, mejor conocido como Mateo, discípulo del Señor Jesucristo, uno de los Doce.

Otro publicano que también sabemos lo que hizo, fue Zaqueo, su historia la encontramos en el Capítulo 19 del libro de Lucas:

“Jesús entró en Jericó y comenzó a pasar por la ciudad. Había allí un hombre llamado Zaqueo. Era jefe de los cobradores de impuestos de la región y se había hecho muy rico.
Zaqueo trató de mirar a Jesús, pero era de poca estatura y no podía ver por encima de la multitud.
Así que se adelantó corriendo y se subió a una higuera sicómoro que estaba junto al camino, porque Jesús iba a pasar por allí. Cuando Jesús pasó, miró a Zaqueo y lo llamó por su nombre: «¡Zaqueo! —le dijo—. ¡Baja enseguida! Debo hospedarme hoy en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y, lleno de entusiasmo y alegría, llevó a Jesús a su casa; pero la gente estaba disgustada, y murmuraba: «Fue a hospedarse en la casa de un pecador de mala fama».
Mientras tanto, Zaqueo se puso de pie delante del Señor y dijo:
—Señor, daré la mitad de mi riqueza a los pobres y, si estafe a alguien con sus impuestos, le devolveré cuatro veces más. Jesús respondió:
—La salvación ha venido hoy a esta casa, porque este hombre ha demostrado ser un verdadero hijo de Abraham. Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos.”

(Lucas Capítulo 10, Versículo 1 al 10, Reina Valera 1960)

En esta ocasión Jesús nuevamente fue a casa de un pecador, esta vez no era un cobrador de impuestos cualquiera, era el jefe de los cobradores de impuestos, el cual, al igual que la gran mayoría de los cobradores de aquel entonces, se había hecho rico a costa del pueblo, y la gente lo odiaba por eso. El pasaje dice que Jesús iba pasando por aquel lugar y Zaqueo deseaba verlo, sin embargo, era muy pequeño, tal vez quería pasar adelante, pero la gente al verlo y saber quién era, le cerraba el paso y lo empujaba hacia atrás, de tal manera que le era casi imposible tener algún contacto con el Señor. Sin embargo, algo había en la actitud de Zaqueo, que lo llevó a seguir intentando ver al maestro, tal vez era pura curiosidad, o tal vez en su interior sabía que este que pasaba por allí, era el que tenía la respuesta a su condición, y la receta para revertirla. Como sea, aquí nuevamente Dios nos deja en claro, su propósito de venir a lo vil y menospreciado del mundo, a tomar un montón de huesos secos y poner su Espíritu, en el que le de vida verdadera (Léase, Ezequiel Capítulo 37)

Más adelante sucede un hecho paradójico. Dice que cuando Jesús vio a Zaqueo, le invito a bajar del árbol en donde se había subido, porque había decidido cenar en su casa, esto obviamente escandalizó a la gente que lo seguía, pues ellos no entendían porque el maestro se relacionaba con pecadores tan viles, más aún, ¡¡¡este al que había elegido era el jefe de estos pecadores!!! !!!La gente estaba enojada porque Jesús se iba a reunir con este pecador, pero no se daban cuenta que ellos mismos eran pecadores también!!!, ¿Por qué si no estaban siguiendo a Jesús?, !!!Ellos necesitaban al Salvador lo mismo que Zaqueo, pero se habían puesto arrogantes, a tal punto que creían que su maldad era menor a la de este publicano¡¡¡

¿Cuántas veces en nuestro andar cristiano nos ha sucedido esto?, pensamos que nosotros estamos muy por encima de otros pecadores, cuando en realidad la salvación que recibimos por gracia, es la misma que puede recibir el pecador más vil, creemos ser mejores que los demás porque andamos con el Señor, y a veces hasta hemos llegado al punto de entorpecer la labor del Señor bloqueando o empujando hacia atrás a los Zaqueos, que como el de hace 2000 años, quieren ver también pasar a Jesús. Los creyentes, por tanto, debemos ser aquel sicómoro, el árbol al cual se subió Zaqueo para ver pasar a Jesús, y tener como aquel árbol, raíces fuertes y bien sujetadas en la tierra, con ramas duras y extendidas de tal manera que muchos Zaqueos puedan colgar de nosotros. Milagros inesperados pueden suceder cuando nos hacemos a un lado, y dejamos que los pobres de espíritu, cualquiera sea su condición, vengan a cenar con Jesús, en el caso de Zaqueo, comprendió el error de su mal proceder para con sus coterráneos, he inmediatamente, delante del Señor como testigo, rectificó esta situación, y devolvió el mal que había causado, en bien para los que había oprimido.

No es de extrañar que Jesucristo no le haya pedido que fuese un discípulo más, ya que el cambio que se había producido en la vida de zaqueo era tan grande y notorio, que era más preferible que se quedara en aquel lugar, siendo testimonio de luz del paso de Jesús por aquella ciudad.

Durante su ministerio, Jesucristo aplicó este mismo concepto en cualquier lugar donde iba y en cualquier situación en la cual un enfermo o un pobre de espíritu le necesitase y fue su sello el involucrarse con aquellos que ante una “supuesta sociedad perfecta” eran de menor categoría. Tenemos el caso de la mujer adúltera (Juan 7:53-10:21), el ciego Bartimeo (Mateo 20.29-34); (Lucas 18.35-43), el paralítico del estanque, ¡¡¡quien llevaba 38 años enfermo!!! (Juan 5:1-18), el endemoniado Gadareno (Mateo 8.28-34; Marcos 5.1-20), éste último, dice la escritura, que le rogaba a Jesús que le llevase con él, sin embargo, en este caso nuevamente Jesús decide que lo mejor es que sea testimonio en su tierra.

¿Va comprendiendo ya, la relación que Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo quieren que usted y yo tengamos con el mundo? Como dije en un principio, este mundo está lleno de Dolor y miseria, y pecado, y muchos de los que en él habitan están marcados por estos síntomas, pero la cura no está en apartarnos y dejarlos morir, todo lo contrario, Jesucristo vino a dar vida y vida en abundancia a todo aquel que la requiera y la desee, y aunque muchos no se den cuenta de que la necesitan no por eso debemos negársela, al contrario debemos mostrar la salvación de Dios en Jesucristo como el Remedio eficaz para todos los males y dolencias de este mundo. Pan del cielo, y agua viva gratis para todo aquel que quiera beber y comer de él.

“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.”

(Isaías 55:1, Reina Valera 1960)

Este es el regalo de Dios para la humanidad. Salvación y vida eterna gratuita. Por tanto, nunca se esconda del mundo, sino que sea testimonio de Cristo en el mundo. Jesús no dejó de ir a fiestas por ser el hijo de Dios, sino que, en su condición de hijo de Dios, siendo también humano, participó también de eventos sociales. Sabe usted ¿Cuál fue el primer milagro de Jesús y en qué escenario se dio lugar? (Juan Capítulo 2). Si, fue en Caná, y convirtió el agua en vino. Nuestro Señor hizo este primer milagro, al finalizar la primera semana de su ministerio en la tierra. ¿Qué mejor lugar para demostrar su testimonio, sus milagros, su carácter y conducta, sino en medio de una fiesta y en medio de su pueblo, que esperaba su venida? la libertad que Cristo nos entrega es incondicional, y, al mismo tiempo sometida a su voluntad. Por lo cual, en completo control de la voluntad de Dios en nosotros, nadie puede hacernos retroceder, y podemos caminar tranquilamente por un valle de Sombra y de muerte, porque el Señor está con nosotros y su luz va delante nuestro.

(Parte del libro titulado: “Tú, Sígueme”, de Cristian E. Gallardo SM)

Encuentra y descarga este libro gratuitamente en: www.micreasol.com

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